Verano de patines

V
Hace como dos criaturas que no patinaba. Y hace como dos criaturas no me ponía sendos trancazos tratando de patinar al punto que las muñecas me duelen horrores mientas escribo esta historia.

Los únicos patines que tuve me los compré a los 18 años, si la memoria no me falla. Y lo hice porque en alguna ocasión que visité a la que en ese entonces era mi novia, y hoy mi esposa, me sonsacó para comprarme unos. Fuimos al Walmart local y por algo así como $35 USD me hice de un par que con un poco de suerte habían sido alcanzados a producir en China, cuando mucho. Y así, casi con un palo de escoba creo, ella comenzó a ayudarme a aprender a patinar. No tengo en la memoria si también el proceso fue a prueba y error, o a caída y levantada, pero no dudaría ni tantito que así haya sido.

Después los patines tuvieron la suerte de los spikes de béisbol, el uniforme de aikido, los shorts especiales para entrenar (no se qué), los tenis Asics que alguna vez compré para correr y que para lo único que los he utilizado, y bastante bien, son para ir de compras al mall: todo medio quedó en el olvido. Sin embargo, lo de la patinada es como aprender a andar en bicicleta: creo que al cuerpo le ha de causar tanto estrés volverlo a aprender a punta de fregadazos que mejor se da las mañas para nunca jamás olvidarlo.

Hace algunos días que las criaturas salieron ya de vacaciones y el verano es como que la época ideal para tratar de hacer algo diferente en familia. Adicionalmente, ese lapso entre que salen de la escuela y comienza el santo curso de verano, la casa de repente se convierte en un debate de la ONU sobre el uso de los electrónicos para “entretenerse”. A mí mi mamá me echaba a la calle, con la bici, el yoyo, el bate de béisbol o lo que fuera y había que reportarse en el cuartel para la cena. Hoy, las criaturas piensan que el verano equivale a una sesión maratónica de Netflix, iPod y Nintendo. El wi-fi se ha convertido en logro sindical y necesidad básica que satisfacer y de ahí nace la necesidad de uno como papá de pensar en qué hacer para convivir, sacarlos un poco de esa dependencia tecnológica y, sobre todo, tratar de grabarles en la memoria de largo plazo algo que hayan hecho con sus padres en un “verano cualquiera”.

Durante el verano pasado las criaturas estuvieron en un curso intensivo de patinaje sobre ruedas. Ya habían aprendido a nadar y ahora faltaba eso en la lista de skills a desarrollarles antes de los 12 años. De no saber nada aprendieron en un par de semanas a moverse como si tuvieran toda la vida haciéndolo. Eso y el que hayan aprendido a nadar han sido las mejores inversiones extracurriculares que hemos pagado. Y con eso en mente, desde que estaban por salir de clases yo tenía la intención de comprarme de nuevo unos patines y animarme a pasar unos buenos momentos y hacer algo diferente en familia.

Por azahares del destino hoy fui con mi esposa a una tienda de artículos deportivos. Hasta raro me sentía yo ahí mientras buscaba si tenían asadores y sartenes de hierro fundido. De perdida sazonadores. Pero no. Íbamos por algunas playeras y de repente en el pasillo 3 aparecen los patines a un precio bastante atractivo (considerando que estaba pensando en comprarlos por Amazon y luego ir por ellos a USA). Después de medirme unos y dar con aquellos únicos que eran de mi talla, a mi esposa también se le antojó entrarle a la loquera esta y salimos los dos con nuestros pares de patines. “¿Será que deba comprarme unas rodilleras, coderas y muñequeras?”, pregunté. “Claro que no, ya sabes patinar. No los necesitas”.

Llegamos a casa, todos a ponerse los patines y a la calle. Primer paso que doy fuera de la casa, tratando de bajar un escalón, y ¡suelo Al jardín de sentón. Mi primer preocupación fue el estado físico del celular pero parece que la carcasa anti-tanques que le compré por $300 pesos funcionó de maravilla. Hasta ahí todo bien. Celular íntegro y el trasero un poco adolorido, pero listos para rodar. Para ese momento tuve la precaución de darle el celular a una de las criaturas (que definitivamente patinan mucho mejor que yo) para que lo cuidara pues no quería traer preocupaciones de más. Con no azotar era más que suficiente para el cerebro en ese momento.

Todo iba bien, comenzaba a agarrar confianza y de alguna manera la memoria del cuerpo comenzaba a despertar. Los movimientos me iban saliendo, medio acartonados, pero bien. Comencé a redescubrir músculos de mi cuerpo que ya había olvidado que existían y la confianza me comenzó a ganar. Yo no se por qué la velocidad es algo realmente adictivo para el ser humano y, como era de esperarse, comencé a ganar velocidad hasta que trastabillé un poco y de nuevo, para atrás, de sentón mientras amortiguaba el trancazo con las muñecas. Los 40 años me gritaron al unísono: “¡ey! ¡dale suave!”

“Ouch, si eso se sintió como se vio, que feo”, dijo a 10 metros de distancia una de las criaturas mientras hacía caras de dolor y desaprobación “¡Ven y ayúdame a levantarme chingao!” alcancé a espetar. Ahí, en ese preciso momento me preocupaban dos cosas: 1) que no me hubiera roto nada; y 2) que nadie me hubiera visto (el ego es el ego). Afortunadamente no pasó a mayores salvo las muñecas adoloridas y después de 20 minutos dimos por terminada la sesión. Había logrado el objetivo: 20 minutos, en familia, sin electrónicos.

Si a mi me hubieran enseñado a patinar cuando era niño seguramente esta parte de la historia relacionada con los fregadazos no hubiera sido necesaria escribirla. Pero la realidad es que mi mamá, dentro de las cosas que siempre tuvo claras, es que nunca nos comparía a mi hermana y a mi ni patines, ni motos. “No quiero que se anden dando en la madre, no dejaré”. Mamá, tenías razón.

Hoy grabamos en la memoria este recuerdo. ¡Bien por la familia! Y como no quiero que después mi mujer se enoje porque en la foto de la historia solo salía yo con las criaturas, aquí abajo la prueba de que todos andábamos dándole a la rodada. Y sí, los patines eran de oferta.


Por cierto, la morrita  (mi mujer) me dice hoy después de verme caer y caer algo así como: “Creo que tendremos que comparte rodilleras, coderas, muñequeras y sentaderas”. Gracias. Hoy también guardé un recuerdo con ella.

“¿En serio sabes patinar papá?” -“sí”, respondí.
“Y entonces ¿por que traes casco?” –

2 Comentarios

  • Jajajajajajaja me encanta la pregunta de ti hijo ajjajaja yo aprendí a patinar en patines de 2 ruedas paralelas en una pista de patinaje llameada Roller Rock, estilo años 70’s

  • Jajajajajajajaja ame la última frase !!! Yo aprendí en los patines de 2 ruedas paralelas en una pista de patinaje llama Roller Rock estilo 70’s

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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