No me siento orgulloso de ti

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Hace algunos días la criatura se fue a su primer viaje de estudios. Fue la primera vez que viajó, sin papá ni mamá, a más de 50 kilómetros de distancia. No abuelos, no casa de primos. Nada de parentela involucrada. Nunca pensé que ese día, en el que comenzaría a probar la libertad y la autosuficiencia, llegaría tan pronto y sin previo aviso. En verdad que el tiempo vuela.

Mi primer viaje solo, de estudiante, fue cuando estaba en secundaria. Tendría unos 13 años entonces y habían invitado a la banda de guerra del colegio a participar en un desfile conmemorativo de las fiestas patrias. Esa sería la primera vez que yo viajaría solo, sin gobierno, diría mi madre, cosa que se antojaba más que atractiva.

Habíamos ensayado hasta el cansancio por lo que las marchas militares ya no me preocupaban tanto. Las tenía grabadas en el cerebro. Sin embargo, el día de la salida recuerdo haber sentido en el estómago una intensa combinación de emoción y ansiedad por el viaje, mezclado con un poco de miedo, he de aceptar. Pasaporte en mano trepé al camión, busqué a alguien afín con quien compartir el asiento y comenzó la aventura. Nos esperaban alrededor de 14 horas de viaje, llenas de chistes, bromas, sándwiches y botanas. A los más pequeños de primaria parecían que los habían enviado a la guerra pues iban empacados con más comida de la que podrían cargar.

En aquel entonces las situaciones, el ambiente y nuestros alcances eran distintos, especialmente en todo aquello relacionado con la seguridad, tema que a decir verdad ni siquiera me pasaba por la mente pero sin duda era un asunto fundamental para mis padres, más aún considerando que era mi primer viaje. ¡Qué esperanza que en aquel entonces se hablara de violencia, drogas, alcohol o cosas por el estilo! Por supuesto que esos temas siempre han existido, pero en los buenos viejos tiempos los alcances que teníamos como adolescentes eran mucho más limitados que lo que vemos con los muchachos de hoy en día.

Cuando la criatura me contó sobre los planes de ese viaje no pude evitar sentir que de alguna manera el corazón se me encogía. Me cayó de sorpresa la noticia y de pronto me di cuenta de que ya había crecido y que esa nueva etapa iba a comenzar, estuviera o no yo de acuerdo. Me di cuenta que tenía dos opciones: fluir con ese proceso y disfrutarlo junto con la criatura, o simplemente negarme a que participara en el viaje argumentando que todavía era muy plebe. La respuesta vino sola y rápido: no tenía manera ni razón para oponerme. No me atrevería a cortarle las alas jamás. Hice tripas corazón y la aventura comenzó.

Una gran diferencia que percibo de cuando era yo el estudiante que viajaba era que en aquel entonces no existía la comunicación instantánea que hoy tenemos con los celulares y, por tanto, mis papás no sufrían esa perversa necesidad de saber siempre en dónde estaba durante todo el trayecto del viaje, ansiedad que hoy en día los padres disfrazamos de “tranquilidad”. Uno simplemente se trepaba al camión sabiendo que solo sería posible comunicarse a casa hasta que llegáramos a una parada en algún sitio que tuviera un teléfono público (¡y que funcionara!). Solo entonces les podía platicar brevemente en dónde estaba y cómo iba el viaje hasta ese momento. Y mientras tanto los tenía en ascuas.

La morrita y yo decidimos darle a la criatura su espacio. No quedó más que confiar en su criterio y comenzar a animarle a salir del nido y probar qué hay afuera. Solo tres consejos le dimos:

  • Ya sabes discernir lo bueno de lo malo. Lo bueno o malo que hagas tendrá una consecuencia positiva o negativa para ti. Haz lo bueno porque es lo mejor para ti, no porque quieras cumplir la expectativa de papá o mamá. No hagas lo malo solo porque papá o mamá no están para corregirte. Es hora de comenzar a tomar tus propias decisiones y vivir en carne propia el término CONSECUENCIA.
  • Nunca, jamás, dejes de escuchar esa vocecita interna que te dice si algo está bien o mal. Esa vocecita se llama intuición y jamás se equivoca. Es como tu enlace directo con lo divino que hay en tí y en el universo. Por más que la quieras callar, siempre tratará de guiarte, así que no la ignores y te evitarás muchos problemas. Y recuerda: si algo huele mal, seguramente está mal.
  • Ábrete a la magia del universo y disfruta. Aquello que salga como lo habías planeado, disfrútalo al máximo. Y aquello que haya salido distinto, no le des tanta importancia, seguramente es para algo mejor.

Y así, con maleta en mano y una mochila cargada de botanas, chicles y galletas partió. Me sentía incompleto, pero feliz. Una vez más pensé en lo rápido que había llegado ese momento y lo que mis padres habrían sentido cuando era yo el que se subía al autobús. A pesar de la zozobra, me invadió una tranquilidad por la certeza de haberle dado las suficientes herramientas para comenzar a valerse, cuidarse y ser feliz.

Cuando regresó, un par de días después, vi cómo bajó del autobús con esa sonrisa de oreja a oreja que literalmente decía: “¡lo logré!”. Pensé en decirle lo orgulloso que me sentía como papá por ese gran logro y ese enorme paso a su independencia, pero guardé silencio por unos segundo y solo le dije: “Me siento muy contento por tí. Espero que lo hayas disfrutado y hayas aprendido algo nuevo”.

Las ideas comenzaron a moverse muy rápido en mi cabeza. Decirle que me sentía orgulloso de su logro hablaría más de mí que de la criatura. El que yo me sintiera orgulloso sería el resultado de que mi expectativa sobre su viaje se hubiera cumplido. Sin embargo, lo más importante es lo que ese viaje, sus momentos y sus aprendizajes hubiera tenido para la criatura misma. Aprendería entonces que lo importante no son las expectativas que tengan los demás sobre ti mismo, sino lo que tu hayas aprendido del proceso. Si la experiencia había producido felicidad en su vida, entonces para mí era, sin duda, el mejor de los logros.

Sin embargo, en mi fuero interior, me sentía como pavorreal. “El primero de tantos”, me quedé pensando mientras le ayudaba con la maleta.

– ¿Subo a tomarte una fotografía en el camión?
– Papá, creo que te verías un poco invasivo
– Sí, lo imaginÉ. sonríe.

Fotografía cortesía de CokieMoster3

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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