La vida sin smartphone

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Esta semana fue una experiencia a la antigüita: volví a sentir lo que es vivir la vida sin un smartphone. Me transportó unos años atrás cuando mi concepto de celular era un Nokia 1100 cuya peculiaridad que amaba era la linterna que tenía en la parte superior.  En ese entonces ningún celular la tenía y para mi era muy útil porque  servía para entrar de noche al cuarto de las criaturas cuando eran peques y revisar que todo estuviera bien, a ponerles una cobija encima o lo que fuera.

En aquellos ayeres el celular servía para hablar por teléfono y ya, rapidito, porque la comunicación era bastante cara al punto que te cobraban por segundo. O bien, lo podías usar para jugar a la viborita mientras esperabas a pasar con el dentista. Pero hasta ahí. Recuerdo que en aquel entonces el celular se te podía caer y tenías plena certeza de que iba a seguir funcionando sin mayor problema. ¿Romperse la pantalla? Jamás te pasaba esa idea por la cabeza. Ni hablar de la batería. Mi super tamagochi Nokia 1100 requería carga cada visita del Papa. Así de genialmente limitado era mi teléfono por allá de los dosmiles.

El hecho es que el celular tuvo que entrar a cirugía reconstructiva y los geniales de Apple me dijeron que necesitaban una semana. Al principio estuve posponiendo la operación porque no sabía cómo carajos le iba a hacer una semana sin celular. Y así me estuve haciendo tarugo hasta que me decidí, buscando que la reparación se hiciera antes de que la agenda se fuera llenando más y más. Fui y lo dejé y con cierto estupor vi como prácticamente le borraron todo, le sacaron el chip, lo metieron en una bolsita ziploc muy mona (que por supuesto va incluida en el costo) y me lo entregaron. “Si pierde la nota va a ser muy complicado que le entregue su aparato. Le voy a tener que pedir su ID y vamos a tener que correr una revisión de datos”. ¡Por favor!, ni para sacar a las criaturas de los cuneros me la hicieron tan cardiaca, pero en fin, no quedó de otra más que asegurarme que no se perdiera el dichoso papel.

En estos días que transcurrieron sin celular me di cuenta de muchas cosas que pasaron conmigo y a mi alrededor y que de alguna manera me hicieron pensar en los buenos viejos tiempos, the ol’ good times dirían los gringos:

  • Desempolvé mis CD’s. Discos que había comprado en mi época de secundaria volvieron a la vida. Algunas cajas medio rotas, otras sin la portada o el librito que les acompañaba y algunos discos hasta sueltos. Me acordé como antes tenías que comprar el disco que tenía las canciones que te gustaban y que como quiera tenías que soplarte las que no. Siempre tenías la opción de saltártelas en el play con cierto remordimiento de haber pagado $150 pesos de aquel entonces por un CD del que solo te gustaban 3 canciones. Maná volvió a sonar en el auto.
  • Aumentó la presencia con la que hacía las cosas. El martes la criatura tuvo juego de basketball y me sorprendí al darme cuenta que estaba viviendo el juego al 100%, completamente consciente y presente, siguiendo las jugadas, con toda mi atención en el juego, sin interrupciones de notificaciones de whatsapp, facebook o twitter. Y por supuesto que la criatura se dio cuenta de ello. “Ya no estuviste con tu teléfono papá.” ¡Tómala, para que te eduques!
  • Con esa misma presencia viví el juego de los Dodgers contra los Cerveceros al verlo por televisión. Los Dodgers, a quienes traigo en la quiniela, me recordaron la Fernandomanía en los ochentas. Caí en cuenta que vi el juego como solía hacerlo cuando los veía con mi papá: metidos en el juego, atentos a cómo le había ido al bateador en los turnos al bat anteriores, o en las jugadas que algún jardinero había hecho a la defensiva. El juego se me fue mucho más rápido, y sin interrupciones.
  • Salí a caminar y me di cuenta nuevamente de la vida que hay en la calle. El cantar de los pájaros (de los pocos que quedan en la ciudad), del ruido de los autos. El claxon del tren. Fue una caminata sin música, sin spotify, sin podcasts. Solos la Maruca (mi perrita) y yo.
  • Redescubrí lo que es ir al baño con un buen libro. Sí, es algo como que no tendría que andar comentando, pero también me di cuenta de ello. Hasta aquí ese punto. ¡El libro está buenísimo!
  • Vi también la vida que pasa en un semáforo en rojo. Las primeras ocasiones me sentía hasta raro sin poder revisar (y volver a revisar como si en dos semáforos la vida hubiera evolucionado tanto) el facebook. Aprecié de nuevo el ir y venir de la gente durante esos segundos que dura el alto.
  • Y también me quedé dormido. A ese nivel de dependencia llego con el celular que hasta olvidé poner otra alarma. Afortunadamente las criaturas llegaron en safe en tercera sin out a la escuela.

Conforme fueron pasando los días me di cuenta que la ansiedad de estar revisando continuamente el email y las redes sociales fue cediendo poco a poco y esa sensación me gustó. En verdad que es una dependencia emocional, como el efecto de las drogas, lo que hoy en día tenemos con los mentados smartphones.

Y pensando en eso último me di cuenta como estamos en todos lados menos en donde realmente, en carne y hueso, estamos. Pensé en aquellas ocasiones en las que mi esposa o las criaturas me están contado algo y yo estoy con el celular, perdido en cosas que realmente no tienen la menor importancia. Lo que más me pegó fue el reconocer que las criaturas se dan cuenta perfectamente y asumo que de alguna manera han de sentir que compiten contra ese aparato por mi atención. Espero que esta pequeña lección no se me olvide.

Otra cosa en la que caí en cuenta es que la tecnología entre más avanza, más deficientes nos hace para manejar las emociones. Nos estamos acostumbrando a querer tener siempre una respuesta inmediata a todo. Mandamos un mensaje de whatsapp y nos molestamos porque no nos responden de inmediato. “¿Se supone que para eso traes el celular siempre contigo no?”. Peor aún si te deja en visto. A hacer de tripas corazón.

También de alguna manera nos acostumbramos poco a poco a querer que en la vida solo podamos tener acceso a lo bueno y dejar de lado, o cuando menos ignorar, lo malo. A veces pienso si no estamos educando a las criaturas bajo el concepto spotify aderezado con netflix: toma de la vida solo lo que quieras y justo en el momento en que lo desees. La vida también tiene sus bemoles, también tiene comerciales que no nos gustan pero que nos dan oportunidad de ir al baño. También tiene esa canción que no te gusta pero que venía con el CD y que de pronto te das cuenta que puede funcionar perfecto como música de fondo.

La vida es eso, una combinación de cosas buenas y otras no tanto. Y la vida tiene su momento. Ojalá nunca perdamos de vista eso. Por lo pronto espero que cuando me regresen el dichoso aparato siga estando consciente de esto que viví los últimos días.

– “¿O sea que un CD tenías que comprarlo aunque hubiera canciones que no te gustaran?”, preguntó la criatura
– “Así es”, respondí
– “Qué chafo”.

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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