La crianza y la generación Z

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Durante los últimos años he asistido a algunas conferencias relacionadas con la crianza en tiempos modernos, los retos que como papás tenemos hoy (y que nuestros padres no tuvieron entonces con nosotros) y la realidad actual, ideas, modas y costumbres con las que nuestros hijos viven y conviven día tras día. El objetivo de todas esas sesiones era, en lo general, el ofrecernos herramientas a nosotros como padres para poder acompañar la crianza de una manera más eficaz, llegándoles a nuestros hijos de una mejor manera al entender más claramente el mundo al que ellos hoy están expuestos y que a veces nosotros no alcanzamos a comprender.

Hoy pareciera que las criaturas viven en un mundo paralelo al nuestro. Están llenos de tecnología (que la manejan de manera tan intuitiva y natural que tal parece que hubieran tenido un iPad en el útero de su madre), tienen un acceso expedito a la información (lamentablemente en ocasiones sin filtro y/o adecuada para sus edades) y se desenvuelven en un ambiente mucho más “suelto” que al que yo en lo particular viví mi niñez.

“Suelto” quizá no sea la mejor palabra para describir la idea que tengo de ello, pero con este término me refiero a que hoy es mucho más común ver papás que son tratados como llaveros por sus hijos cuando en mi caso yo vengo del “¡y cuidadito con contestarle a tu madre!” o el “¡Nada más deja que llegue tu padre y verás!”. O que ante el potencial de la criatura de convertirse en una bestia del averno sino le cumplen sus caprichos terminan (o terminamos de vez en cuando) por acceder a darle el teléfono o la tableta para que deje de estar fastidiando. En fin, lo que sí está clarísimo es que los tiempos son distintos, y la manera de abordarlos por tanto no puede ser la misma que funcionó con nosotros (yo recuerdo el control total que mi padre ejercía con la pura mirada sobre nosotros).

Ahora bien, hablando del cambio, leía en un diario que aquellos que andamos en el cuarto piso somos parte de la Honorable Generación X, cuyo rasgo característico es la perenne obsesión por el éxito (yo creo que de ahí sale el que hoy las mentadas crisis de la mediana edad son tan duras porque después de 30 o 40 años seguimos sin entender el verdadero concepto del éxito, o bien, seguimos casados con la idea de lo que la sociedad nos vende como tal).

Por otro lado, los Millenials se cuecen aparte porque ellos nacieron ya con la cara pixeleada, completamente inmersos en la tecnología (no tienen la menor idea la vida en un mundo análogo sino pregúntenle a uno que le cambie de canción a un LP de vinil).

Finalmente están los de la generación Z, que es el caso de mis criaturas, y para las cuales -según un estudio español-, el rasgo distintivo de esa generación es la irreverencia, es decir, traen en el chip la falta de respeto codificada en duro (aunque también, para darles el beneficio de la duda, yo lo clasificaría más como la necesidad de cuestionar todo, de probarse ante todo pues creo que esta generación viene energizada para romper paradigmas).

La idea de crianza con la que todo mundo comenzamos cuando nace el primer gremlin no es más que el volver a ponerle play a la cinta que trae grabados todos los métodos, mañas y estrategias que nuestros papás aplicaron con nosotros. Se dice con toda certeza que nadie te enseña a ser papá y lamentablemente, como en todo, a veces echando a perder se aprende. Quizá por eso los hijos mayores somos siempre “distintos” de alguna manera a los demás hermanos. Mientras a uno lo agarraron de artículo de demostración para experimentar y aprender, los otros creo que hasta sobreviven solos (y además, faltando totalmente a la justicia, se rigen por reglas distintas a las que nos aplicaron a los mayores bajo el criterio de “tu hermana ya me agarró cansada mijo”).

Nuestro instinto como padres es proteger siempre y en todo momento a nuestros hijos y yo, en lo particular, siempre he tratado de mantener a mis criaturas dentro de una burbuja emocionalmente saludable tanto como sea posible. Sin embargo las criaturas crecen y cada vez es más complicado el tener control sobre la información a la que tienen acceso, las ideas que rebotan en sus círculos de amigos y las modas que se van haciendo populares en las escuelas y que todo, en conjunto, acaban por influenciar su comportamiento.

Pero por otro lado también comprendí -afortunadamente a tiempo- que buscar tenerlos permanentemente en esa esfera, además de ser imposible y mental y emocionalmente desgastante, puede representar más perjuicio que beneficio para ellos pues al final lo que nos toca como padres es prepararlos para la vida, y no justamente esconderlos de la misma.

La tarea se traduce en prepararlos para vivir en un ambiente que es mucho más hostil que el que a nosotros nos tocó en la niñez, inculcándoles los valores universales (más que religiosos -ya tocaré ese tema después-) que son importantes en el núcleo familiar y dotarlos de las herramientas para que puedan manejar su vida, al nivel en el que estén, y vayan tomando decisiones siempre pensando en lo que es mejor para ellos. No podremos estar siempre a su lado pero si podemos meterles suficientes conejos en la chistera para que disfruten la vida de manera plena.

En una de las conferencias a las que asistí, el ponente mencionaba que cuando la vida nos regala un hijo tenemos algo así como 936 semanas antes de que emigren y salgan a hacer su vida. 936 semanas parecieran toda una vida, pero conforme van pasando los pasteles de cumpleaños te vas dando cuenta que en un abrir y cerrar de ojos ya andas casi como por la mitad, o un poquito más allá.

El punto central de la conferencia trataba sobre aquellos elementos que caracterizan cada una de las etapas, los comportamientos típicos de cada una de ellas y, sobre todo, los mecanismos más confiables que podemos usar para poder influenciar en su vida de una manera más efectiva dependiendo de la edad en la que se encuentran. Para mí esto último fue lo de mayor valor porque siempre tuve esa idea bastante limitada de que conforme los hijos van creciendo, tu como papá vas perdiendo influencia sobre ellos, y por tanto, los esfuerzos para seguir dándoles herramientas y consejos van siendo mermados.

Sin embargo hay esperanza. Lo que aprendí es que la influencia no disminuye a lo largo del tiempo sino que ésta cambia, se adapta conforme ellos van creciendo y aprendiendo. Y es precisamente en ese cambio, y el no saber qué es lo que mueve a la criatura en cada una de sus etapas, en donde nos perdemos y no sabemos cómo llegarle a nuestros hijos. Pensamos, quizá de manera inocente, que siempre vamos a tener el control sobre las decisiones de ellos, que siempre van a obedecer nuestras reglas y respetar nuestra autoridad y cuando la consola de botones en la cabeza de la criatura comienza a expandirse (favor de ver la película Intensamente) no sabemos cómo reaccionar, o bien, cómo anticiparnos y seguir siendo un pilar fundamental en su vida, alguien a quien siempre volteen cuando trastabillen conforme van aprendiendo a ser independientes.

El camino de un papá con un hijo, según este conferencista, comienza con el abrazar todas sus necesidades cuando son bebés. Somos en ese periodo su medio de subsistencia y ahí no hay mucho que hacer más que quererlos y cuidarlos. Pero todo comienza a cambiar conforme se van haciendo más independientes y llega la etapa de ir a la escuela. En esa fase-que dura hasta antes de la adolescencia- los padres debemos buscar engancharnos con sus intereses para que sigamos siendo “parte de su vida”. Y al seguir siendo parte de ellos, en la adolescencia será un poco más fácil acompañarles durante el proceso de afirmación de su propia identidad como ser humano para que cuando estén a dos cuadras de convertirse en adultos tengan consciencia plena de que a partir de entonces serán completamente responsables de su vida.

Poco a poco iré abordando todos los temas que tengo en mis notas pero por ahora solo me quedo con la idea, y el firme compromiso, de aprovechar al máximo las semanas que me quedan con mis criaturas. Quiero para ellos la mejor vida y lo mejor que por hoy puedo hacer es acompañarles activamente en su crecimiento. Nunca es tarde para darse cuenta de esto y nunca es demasiado temprano para ponerse las pilas.

936 semanas… ¿qué saldo traes ahorita?

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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