La bendición de las abuelas

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Mis abuelas fueron para mí como el agua y el aceite. Venían de contextos tan distintos y de historias tan alejadas que para mí representaban universos completamente diferentes. La única similitud que encontraba entre ellas era esa capacidad innata de mover y mantener unida a la familia completa, a pesar de todo y de todos. No recuerdo una navidad sin que todos nos reuniéramos mientras ellas vivieron.

A mi abuelo paterno no lo conocí. Murió cuando mi papá aún era joven y yo ni siquiera figuraba todavía en el presupuesto. De mi abuelo materno me acuerdo muy poco. Casi nada para ser sincero. Solo tengo un atisbo de su rostro cuando estaba recuperándose de una cirugía y la única imagen que tengo de él es caminando hacia su recámara usando una pijama de esas de dos piezas, pantalón y camisa de botones. Tenía unas pantuflas afelpadas y recuerdo que caminaba con dificultad, dando pequeños pasos a la vez. Poco después murió. Así pues, la inmensa mayoría de los recuerdos que tengo son básicamente de mis abuelas.

Yo hubiese querido disfrutar mucho más a mis abuelas pero las circunstancias no lo permitieron tanto como hubiera deseado. Toda mi niñez y adolescencia la viví de ciudad en ciudad por el trabajo de mi padre y a ellas solo las veíamos por una semana, dos cuando mucho, durante las vacaciones de invierno. Y eso de verlas es un decir porque ese viaje estaba siempre lleno de visitas, idas a comer a casa de la tía X o pequeñas sesiones para conocer a parientes nuevos que ni hacía en el universo. A mis abuelas las veía poco, pero algo que recuerdo con mucha claridad era esa sensación de “libertad” cuando estaba con ellas, sabiendo que me dejarían hacer cuanto les pidiera sin regaños ni llamadas de atención. Eran las perfectas cómplices.

Normalmente nos quedábamos en casa de mi abuela materna pero yo pasaba algunos días en casa de mi otra abuela, un tanto por querer estar con ella y otro más por el deseo de mi padre de que conviviera con ella (cosa que hoy comprendo a la perfección pues es ilógico pensar que un nieto desarrolle una relación con su abuela si no la frecuenta). Ahí era el rey. Ella me consentía como nadie en el mundo, y en su mundo mis papás -o mejor dicho sus reglas- no existían, no las necesitaba.

Algo que me encantaba era en lo predecibles que mis abuelas se habían convertido. La tradición con mi abuela materna de las navidades era algo que en un principio no entendía pero me divertía: ella nos pedía a mis primos y a mi que escogiéramos nuestro regalo de navidad, que casi siempre era ropa, para después hacernos empacar nuestros propios regalos y luego los fuéramos a poner bajo el árbol de navidad. “¿Para qué lo envolvemos entonces si ya sabemos que es abuela?”, preguntábamos mis primos y yo. “Porque el árbol se ve muy triste sin regalos, además son muchos y no quiero hacerme bolas con las tallas”. Éramos tantos que el árbol de casa de mi abuela parecía uno de esos de las grandes tiendas departamentales.

Dos meses antes de navidad comenzaba su peregrinación a la frontera, o a Moroleón y Villa Hidalgo, para comprar la ropa que nos daría: playeras, pijamas o sudaderas principalmente. El truco que descubrí fue que si eras uno de los primeros que participaba en el proceso de asignación de regalos tenías la oportunidad de escoger la pijama o la playera que más te gustara. Y así pasaban las tardes previas a la navidad, viendo desfilar a mis primos escogiendo sus regalos, empacándolos, poniéndoles su tarjeta y depositándolos en el árbol. Eso era algo que en verdad disfrutaba.

Yo era quien normalmente me quedaba con mi abuela a dormir en su recámara. Era todo un privilegio porque era el único cuarto que tenía televisión. Se veían solo dos canales y con mucha estática. No había cosa más aburrida y ni siquiera pensar en ver caricaturas. “Le cayó una centella y desde entonces se ve así” decía mi abuela mientras yo perdía la sensibilidad a un zumbido que se escuchaba en las bocinas del aparato, resultado del mismo rayo creo yo. “Pero al menos se ve el canal de México”, decía. Y así, pasaba mis vacaciones viendo por las noches, junto con ella, los programas de “Mala Noche No!” con Verónica Castro, o bien, el noticiero con Memo Ochoa. Y hacia fin de año el recuento de las noticias más impactantes del año con Javier Alatorre.

Mi abuela paterna era una historia totalmente distinta. A ella le había tocado sacar a sus hijos adelante sola y la dinámica que se vivía en su casa era diferente. En su casa los recursos era más limitados pero de niño es algo en lo que no reparas. Con ella vivía una tía y mis primos y para mi eso era lo más atractivo de irme a quedar a dormir en su casa. Con ellos “aprendí” a andar en la calle, a subirme en los camiones urbanos, a ser “independiente” aunque fuera por unos días. Me encantaba la idea de poder vivir dos mundos tan distintos en un periodo de tiempo tan corto. En una de esas hasta aprendí a jugar al melate y memoricé los días de sorteo del Zodiaco y el protocolo de ir a revisar a los estanquillos si el boleto por lo menos tenía reintegro en los largos pliegos de papel atestados de números.

Sin embargo, algo que era lo mismo, indistintamente en casa de quien estuviera, era que las tardes se utilizaban, sin falta, para estar sentados y “platicar”, lo mismo para recordar historias de la familia como para actualizarse en los nuevos mitotes. En casa de mi abuela materna la tradición era sentarnos en la sala, frente a la puerta principal y ésta abierta de par en par. Gente entraba y salía, lo mismo parientes que vecinos. Toda la tarde era un verdadero jolgorio. En casa de mi abuela paterna la puerta igual abierta de par en par y todos sentados en las “poltronas”, una viejas mecedoras de madera forradas en cuero que se mecían sin parar toda la tarde. Con algo de suerte nos llevarían a cenar tacos dorados o de carne asada.

Las abuelas nos trasladan a un mundo alterno donde existe el apapacho, los besos y el amor más transparente que se pueda imaginar. Bien dicen que los padres educamos y las abuelas echan a perder. Mi madre suele decir “en mi casa son mis reglas” y las criaturas por supuesto que saben leer perfectamente esa frase. Saben que la autoridad de la abuela es más relajada, que le encanta consentirles y que a veces solo se trata de pasar el tiempo con ella haciendo nada, haciéndolas en la casa, llenándola de ruido, de risas, de caricaturas a todo volumen, de vida. Sin saberlo, las criaturas también dan vida.

Como decía, hubiera deseado disfrutar más a mis abuelas. Hoy a las criaturas les tocó quedarse con mi madre por unos días aprovechando el último coletazo de las vacaciones de verano. Y aunque siempre se siente extraño dejar a las criaturas en otro lugar, al final sé que ese tiempo también es sagrado para que refuercen sus lazos con ella. Seguramente cuando crezcan también recordarán esas frases o esas manías que toda abuela tiene, que te hacen recordar lo propio vivido. Ojalá mis criaturas sigan teniendo la oportunidad de disfrutar a las suyas por mucho más tiempo.

“Mijo, Tito”… mi abuela hablándole a uno de mis primos.
Nunca supe si ella alguna vez se dio cuenta de lo que su frase ocasionaba

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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