Cursos de verano

C

Hoy fue uno de esos días de hacerla prácticamente de papá y mamá y entrarle al quite con las criaturas desde que el sol salió, literalmente. Son alrededor de las 9pm y ya ando pidiendo esquina, o al menos que la cena se aparezca sola en los platos. Eso sí sería un excelente ejercicio de manifestación, tal cual.

Resulta que la morrita tuvo un evento relacionado con su negocio, cosa que le tomaría todo el día en conferencias, juntas y actividades. Un día de vida de puro jet-set y socialité. Y no es precisamente que le tenga miedo a quedarme con las criaturas y hacerla de chofer, chef, abogado, juez, terapeuta y carcelero. Ya en varias ocasiones me ha tocado quedarme con las criaturas cuando ella ha tenido que viajar por temas de trabajo. Es una dinámica muy distinta y es algo que en verdad disfruto (claro, sin dejar de lado lo agotador que es). Todo hubiera sido como un día normal salvo una sutil pero importante diferencia: hoy no había escuela, pero sí había curso de verano.

Bendita la hora en que se les ocurrió a las criaturas tomar cursos de verano. En lugares distintos. Con la misma hora de entrada. Y para añadirle emoción a la mañana, yo con una conferencia telefónica que atender justamente en el mismo horario. Cuando hay escuela al menos sabes que vas y los avientas a la misma hora, en el mismo lugar y fin del cuento. Aquí esta mañana necesitaba un poquito más de planeación.

La morrita desde que despertó andaba completamente metida en su evento y yo ya le había confirmado la noche anterior que ya vería como me organizaba para quitarle ese pendiente. Además, eso de andar encargando a  las criaturas como que no es algo que me guste mucho, al final es parte del paquete de ser papá ¿no? Total que en las carreras de la mañana organicé el plan para ir a dejar a una criatura 30 minutos antes de su entrada (donde gracias a Dios nos dijeron que podían recibirlos desde esa hora) para de ahí volar a dejar a la otra criatura, pasar por un licuado al puesto que queda de camino al trabajo (porque ya había descartado desde la noche anterior que podría desayunar en casa) y comenzar la conferencia en el manos libres del auto. Hasta ahí íbamos con marca ganadora.

Camino al trabajo me quedé pensando tratando de recordar si en alguna ocasión yo había asistido a un curso de verano cuando era niño. La verdad es que no, o al menos no lo recuerdo. Para mí las vacaciones de verano eran pasarlas en casa, quizá con la visita de mi abuela, mis tías o mis primos. Rara vez salíamos de vacaciones en verano y ni hablar de visitar a la parentela en los meses de Julio o Agosto a menos que estuvieras dispuesto a pasártela encerrado en el aire acondicionado o sufrir agobiantes calores por arriba de los 40 grados si querías andar en la calle.

En el verano mi mamá me aventaba a la calle con mis amigos y  me daba la bendición con la bicicleta. La única regla era regresar a tiempo para la cena, o por lo menos avisar donde estaría. Y ahí en la calle había que ingeniárselas como entretenerse. Íbamos a la casa de uno y luego su madre nos aventaba a la calle. Y luego a la casa del otro y su madre de nuevo nos mandaba a la calle. Tronábamos cohetes, jugábamos al trompo, a las canicas o al changalalai. Cachábamos con los guantes de beisbol o jugábamos a los exploradores en las construcciones que en ese momento había en la colonia donde vivíamos.

Viendo hacia atrás es impresionante como esas costumbres cambiaron tanto de una generación a otra. Lo que para mí era cotidiano en un verano hoy creo que sería impensable que lo hiciera para mis criaturas. La percepción de seguridad desafortunadamente ha sido uno de los grandes factores que ha contribuido a esto al punto que ya es muy raro ver niños jugando en la calle hoy en día. Y por otro lado los niños están tan llenos de tecnología que literalmente ya no les llama la atención irse al parque a jugar con un balón, andar en bici o simplemente matar el tiempo. Mi abuela solía revirarme cuando yo fastidiado le decía que estaba aburrido: “Tu único trabajo ahorita es entretenerse, así que a jondiar gatos de la cola”. Y búscale que hacer.

Yo hoy simplemente no concibo el cómo mis criaturas hubieran podido sobrevivir un verano como los que a mí me tocaron pasar. Ni hablar de aquellos en las que mis padres descubrieron que tenía suficiente fuerza física como para empujar la podadora y recoger el pasto. Ahí sí que añoraba que las clases comenzaran de nuevo. Creo que desde ahí odio cortar el pasto.

Hoy las criaturas tienen hasta menú para escoger que hacer en función de lo que se les antoje a sus mercedes. Natación, basquetbol, tenis, futbol, karate, pintura, baile. Lo que gustes. ¡Y aun así a la semana andan queriendo aventar la toalla porque se aburren! Mi papá me contaba que para él sus veranos era ir al rancho y a darle a siembra, a alimentar a los animales y a ayudar con lo que se necesitara, de sol a sol. Sin bloqueador para cuidar la piel, ni lunch a media mañana para que no bajaron los índices glucémicos. Definitivamente las generaciones vamos cambiando de una a otra. La vida se va haciendo más cómoda y las relaciones padre-hijo van evolucionando también según lo que uno le haya tocado vivir con sus padres, y así sucesivamente.

Me gusta mucho ver como disfrutan y se entretienen en sus cursos de verano. En uno de ellos aprendieron a nadar. En otro más a patinar. Y hoy me siento agradecido por ello. Hacen amigos, se ejercitan y dejan -por lo menos por algunas horas- los electrónicos para descubrir que hay un mundo afuera y que las experiencias se hacen viviendo y no construyendo casas en minecraft, juntando monedas en Mario Odyssey o viendo que más “bajar” en el Spotify. Nada que tenga que ver con el Wi-Fi.

Ahora bien, los cursos de verano también en su concepto han ido evolucionando. Comenzaron, creo yo, como un “tráigamelo y aquí se lo entretengo para que no le saque canas verdes durante las vacaciones” y pasaron a temáticas relacionadas con liderazgo, trabajo en equipo, honestidad, servicio y responsabilidad social. Creo, como he comentado, que estas generaciones traen todo el kit para romper paradigmas y establecer nuevos modos de vivir más conscientes. Sin duda creo que yo hubiera disfrutado mucho haber podido ir a esas mini vacaciones sin salir de la ciudad.

Finalmente los cursos de verano también cumplen con una función reguladora para mantener el  hogar en un aceptable equilibrio emocional: algo pasa con las criaturas de hoy que pueden llegar a convertirse en un drenaje total de energía para los padres. Se levantan más temprano y se duermen más tarde lo que implica de manera automática que el turno de papá requiera tiempo extra por todo el verano. No sé si será el exceso de azúcar en los alimentos pero en un santiamén pueden dejar mental y emocionalmente exhausto a un padre de familia (no quiero pensar en los casos donde hay más de dos hijos, Dios guarde la hora). Ahora imaginen eso un verano completo. Ahí es donde también estos cursos además de entretener y educar, les bajan la stamina y de alguna manera los dejan ya a media pila (aunque nos resistamos a aceptarlo y a valorarlo). Sin duda todos ganamos. Espero este verano aprendan muchas cosas y vivan otras tantas.

“Amá, ¿y de qué es el curso de verano de mi heramana?”
– “De gimnasia olímpica, baile y tae kwon do”
“osea, para que salga cansada la plebe amá. tú muy bien”

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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