Año nuevo: al carajo con los 12 objetivos.

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A casi 72 horas de que haya comenzado oficialmente el 2019 me imagino que muchos de nosotros ya estamos listos con nuestro objetivos para este nuevo año que comienza y que muy probablemente será una especie de sofrito de aquellos que nos pusimos en 2018, en 2017, en 2016 y quizá más tiempo hacia atrás y que por alguna razón jamás cumplimos y aprovechamos el ímpetu de la época para volver a retomarlos.

No sé por qué razón pero de alguna manera el tener objetivos nos hace sentir más animados y nos ayuda a dejar un poco de lado los sentimiento de culpa. Quizá sea porque mantenemos la atención en algo que queremos alcanzar y no necesariamente en el estado actual donde nos encontramos.

Lo anterior no está del todo mal, pero quizá lo más interesante sería saber la temática general en la que nuestros objetivos andan rondando. ¿Mejor condición física? ¿Leer más libros? ¿Practicar con mayor frecuencia ese hobbie que tanto nos gusta y que por años hemos mantenido dentro del cajón? ¿Visitar más a nuestra familia? ¿Ir a más juegos de futbol de los hijos? ¿Continuar con un posgrado o algún estudio de especialidad? Todo eso está bien. La pregunta importante aquí es si esos objetivos nacen desde lo más profundo de nuestro interior donde están arraigadas nuestras necesidades más humanas, o si solo nos dejamos llevar por la mercadotecnia (hasta eso muy bien pensada) de aquellos especializados en buscar vendernos acciones de clubes deportivos, autos nuevos, cursos de todo tipo o lo que sea que nos “ayude” a perseguir y alcanzar ese objetivo.

Debo confesar que aunque en la gran mayoría de las fiestas de año nuevo pensé, en unas más por encima que en otras, sobre qué aspectos de mi vida me gustaría cambiar o desarrollar al comenzar un año, de alguna manera siempre se me hizo irónico el que solo fuera en esa época cuando uno tuviera que sentarse a delinear qué es aquello que quisiera hacer. ¿No se valdría entonces hacer un replanteamiento y cambio de curso a medio año? Quizá por esa razón jamás se arraigó en mí esa necesidad de escribir 12 objetivos en un papel y leerlos mientras sonaban las campanadas y me apuraba las uvas a la boca.

Este año fue totalmente distinto. Por primera vez en mis más de 40 años de edad no hubo cena de año nuevo en el sentido de preparar 4, 5 o hasta 6 platillos distintos (que después durarían por lo menos una semana de recalentado). En esa ocasión decidimos irnos de viaje, con toda la familia extendida. Disfrutamos un juego en vivo de la NBA y las criaturas experimentaron por primera vez un evento de esa talla en una arena espectacular. De ahí pasamos a un 7-eleven y cada uno tomó de los distintos refrigeradores lo que sería su cena de año nuevo: sandwiches, wraps, galletas, botanas, queso, salami, cerveza. Y así nos fuimos al hotel donde nos hospedábamos, nos apropiamos de una de las mesas del lobby y ahí pasamos la más inusual, de las fiestas de año nuevo de las que tenga memoria, digna de recordar toda la vida.

Este año más que hacer una lista de 12 objetivos o deseos, solo me planteé uno: ser feliz, a pesar de todo y a pesar de todos. Se lee muy fácil pero implica todo una cambio de mentalidad que comencé hace algunos años y que seguramente seguiré aprendiendo y desarrollando a lo largo de mi vida. Coleccionar experiencias, no cosas. Esa fue la frase de este viaje de año nuevo con la familia.

Y con esto me viene a la mente un artículo que refería el trabajo de un reportero del New York Times, John Leland, quién se dedicó prácticamente un año a convivir y seguir de cerca a 6 ancianos de al menos 85 años de edad para entender, desde su perspectiva, los secretos para tener una vida plena y feliz. De hecho sus experiencias fueron vaciadas en un libro que escribió bajo el título de Happines Is a Choice You Make: Lessons From a Year Among the Oldest Old (La felicidad es una elección que tu haces: lecciones de pasar un año entre los más viejos de los viejos), sin duda un libro para tenerlo en la lista de próximos a comprar.

¿La receta mágica? John Leland dice que simplemente es pensar como un anciano:

  1. Ves el tiempo desde otra perspectiva. Cuando se es joven piensas que viviras por siempre, pero saberte finito a una edad ya avanzada hace que te enfoques en disfrutar al máximo cada día porque no sabes cuántos te quedan (y la probabilidad dice que serán muchos menos que los que le quedan a un muchacho de 20 años)
  2. Olvidad de manera selectiva. Aquello que creías era tan importante entiendes que realmente no lo es. Y curiosamente aquello que no lo veías como tal entiendes que es lo más apreciado que tienes en tu vida. Conforme avanzas en el camino de la vida te das cuenta que la atención debemos ponerla en aquellas cosas que realmente valen la pena y lo demás simplemente dejarlo ir
  3. La felicidad es realmente una elección: Y esta es una lección de oro para aquellos que somos tan controladores. Hay que entender que no podremos controlar todo en esta vida, como el clima o las acciones de los demás. Pero lo que sí podemos efectivamente controlar (y muy a menudo olvidamos y entregamos este poder) es la manera en cómo reaccionamos ante lo que pasa en nuestra vida. Y eso marca toda la diferencia entre ser un actor en la vida o simplemente un espectador víctima de las circunstancias.

Que este 2019 sea un año de muchos despertares.

Si quieres ser feliz, piensa como un anciano
-John Leland

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Este soy yo…

Papá Cuarentón

Aprendiendo a ser un mejor papá para aconsejar a mis criaturas mientras resuelvo la vida con mi yo de hace 20 años. Amo cocinar, el café negro recién hecho y los habanos con una buena plática!

Totalmente decidido a experimentar y disfrutar la segunda parte del viaje de la vida!

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